SI NO SABES AMAR, TU VIDA PASARÁ COMO UN DESTELLO

jueves, 4 de junio de 2009

25 aniversario del Colegio Público Blas Infante


Lamento infinito no poder estar en este entrañable evento al que pensaba asistir para disfrutar del aniversario del colegio junto a mis compañeros y maestros. Me apetecía tanto: ¡Quería tener esa foto de grupo en mi casa!, pero me temo que mis obligaciones (y mis recientes vacaciones) hacen imposible que me pueda escapar a disfrutar de tan entrañable encuentro…en fin, ¡tendré que esperar al 50 aniversario!,je.
Con motivo de la celebración, estos días he estado pensado mucho en el pasado: en los años que pasé en el Colegio público Blas infante, en mis compañeros y en mis maestros. En aquellos ocho años ellos fueron mi mundo, el colegio lo era todo: fuente de preocupaciones, de obligaciones, de ilusiones, de alegrías y de penas. Mucho de lo vivido y aprendido aquellos días marcó tanto mi vida que en la actualidad aun lo tengo, gratamente, muy presente. Hubo cosas buenas y otras no tan buenas, en parte debidas a que yo nunca fui un alumno brillante ni ejemplar. Recuerdo como pasaba noches en vela pensando en la regañina que me iba a caer al día siguiente por no haber hecho los deberes o no haber estudiado la tabla de multiplicar o las conjugaciones verbales que Don José nos había mandado. A veces pensaba en lo severo que era mi maestro, aunque actualmente soy consciente del alumno vago y poco aplicado que era y que no mejoraba a pesar de las broncas o castigos: yo debía ser una pesadilla de niño. Tras la reprimenda (que me caía siempre) mis compañeras de clase (alcursicas y burlonas) estaban deseando ver a mi madre para decirle que yo no había hecho los deberes o no me había sabido la tabla y por ello me habían castigado. Sí, en aquellos años el colegio era un calvario de obligaciones aunque también de diversiones, y es que yo prefería pasar la tarde en el arroyo o en el corral de mi amigo Cipriano a dedicar unas horas a hacer cuentas o estudiar, de hecho prefería pasar malas noches pensando en la regañina de Don José y en la burla de mis compañeros antes que levantarme y hacer los deberes o estudiar. Pobre Don José y pobre mi madre que padecieron a un alumno y a un hijo tan vago.
Después de seis años con el mismo tutor, llegó la Segunda Etapa (tan esperada porque significaba que formábamos parte de los mayores del colegio, ¡los que ya estaban en la segunda planta! Y tenían que ir pensando en lo que querían hacer en el futuro mientras soñaban con el esperado viaje de fin de curso) y ya no teníamos el mismo maestro para todas las asignaturas. Aquí aparecieron Don Ricardo, temido director del colegio al que, contradictoriamente, yo siempre recordaré de buen humor, bromeando o riendo: recuerdo que uno de los días que me hizo mas feliz fue cuando me llamó a su despacho para estampar el sello del colegio y su “regia” firma en mi escayola tras haberme roto un brazo. De Don Francisco recuerdo tres cosas: que nos daba las preguntas de sus exámenes (aunque eso no era garantía de aprobar), su famosa frase “los pasotas pasan de todo menos de curso” y que era mi pesadilla en educación física…Pepe, Mª Carmen (nunca me dio ninguna asignatura pero la adoraba por como era, por como me trataba, por ser una persona tan especial )…que tiempos…que cercanos parecen y sin embargo, están tan lejos…
Si además de los recuerdos tuviera que destacar lo que aquellos años me aportaron como persona serían demasiadas cosas a enumerar, aunque reconozco que mas que de las asignaturas, aprendí de las personas que las impartían. Como ejemplos nombraré a mis dos grandes maestros de la EGB (todos tenemos los nuestros), para mi lo que ellos enseñaban como personas me traspasó la epidermis y se instaló bajo mi piel, eran de aquellos educadores de los que aprendes no solo por lo que imparten, si no por cómo son, por los valores que gobiernan su vida, por lo que hacen y dicen…como decia algún santo, “por sus actos los conocereis”…influyeron tanto en mi como personas, que sus actos me han acompañado siempre formando parte de mi personalidad, convirtiéndose en un poso sobre mi alma que guían, mas de lo que soy consciente, mis acciones cotidianas y mi trabajo como adulto dedicado al mundo de la educación. De mayor yo quería ser como ellos…aun estoy lejos de conseguirlo. El primero, mi maestro (y el de la mayoría de nosotros) de Lenguaje y Literatura: para él, yo era una pesadilla por que todo lo que escribía lo llenaba de faltas ortográficas (no he podido solucionarlo tras tantos años y es muy probable que en este escrito haya varias faltas de aquellas en que una B va donde debería ir una V o viceversa). Aprendí las reglas ortográficas pero no a aplicarlas y sin embargo de aquel maestro (Diego) aunque no aprendí a mejorar mi ortografía si aprendí una cierta manera de entender la educación que va mas allá de las horas lectivas. Aprendí a organizar mi trabajo, a distribuir tiempos y responsabilidades, a cumplir con los acuerdos. Diego, comprometido con nosotros y con el proyecto de nuestros padres (trabajadores de un campo andaluz que no les había dado la oportunidad de formación que querían para sus hijos) fue maestro más allá de las aulas. Sirva de ejemplo, que aun recuerdo que cuando ya no éramos alumnos del Blas Infante íbamos a su casa a que nos rellenara las becas del instituto o la universidad…¿existe algo mas valioso que una persona te conceda desinteresadamente su tiempo a cambio de nada? Recuerdo su puerta siempre abierta. La forma en la que hoy en día organizo mi trabajo, no la aprendí en ningún instituto o universidad, la aprendí de él.
El segundo maestro que marcó mi adolescencia fue mi tutor de segunda etapa…oh capitán mi capitán…de el aprendí la libertad…a ser escuchado, a ser tratado como adulto, era capaz de tratar a cada uno de sus tutorados de forma tan exclusiva…nos hacia sentir tan especiales a todos…, nos hacia sentir que podríamos conseguir lo que nos propusiéramos y nos enseñó a no ponernos límites a la vez que nos preparaba para un mundo adulto inminente. De el aprendí a creer en las personas con las que no comparto la sangre, a darlo todo en las relaciones humanas sin esperar nada a cambio. Hoy yo, intento aplicarlo en mi día a día, y cuando en mi trabajo alguna de mis educadoras me comenta que uno de nuestros adolescentes es “difícil” o no se puede hacer nada con él y me piden consejo, yo recuerdo al niño, al adolescente extraño que fui y como disco rayado repito siempre lo mismo: “dedícale mas tiempo…cree en él, busca aquello qué lo hace especial y refuerzazo, todas las personas tenemos algo que nos hace únicos, solo es necesario que alguien quiera descubrirlo, restar importancia a lo negativo y apostar por él, creer en él es la clave ”. A apostar y creer en las personas “que menos lo merecen, pues son las que mas lo necesitan” (como dijo algún escritor): eso lo aprendí de nuestro tutor Juan Manuel.
7º de EGB, lamento haber tachado a gente, pero lo hice hace muchos años, no se si eran repetidores o gente que por aquel entonces me caía mal, en cualquier caso los que aquí aparecen son en su gran mayoría aquellos que la casualidad quiso que fuéramos compañeros durante ocho años. Para hablar de todo lo que compartimos, de los afectos, de aventuras y desventuras, de nuestro crecer, del descubrirnos, del madurar y despertar a la adolescencia juntos… necesitaría muchas páginas, son tantas anécdotas…pues fueron años decisivos de nuestras vidas… y los pasamos juntos…Luego octavo curso acabó y la vida adulta nos llevó a cada uno por su lado, pero donde hubo fuego siempre quedan cenizas y el cariño fraguado durante aquellos años no se ha extinguido. No puedo imaginar una infancia y un despertar a la adolescencia sin las “Valles” y las “Maris” (quien nos iba a decir que la fierecilla de la Mari a la que llamábamos “Morena”, para diferenciarla de la “Rubia”, tantos años después me haría tan feliz haciéndome padrino), sin Andreita, Mª José, Mª Jesús, Toñi, Susana, Tere, Teodori, Aurori, mi prima Patri, Ramón, Rafa, Ricardo, Manolo…a pesar de la distancia de espacio y tiempoi siempre he sabido de sus vidas y me he alegrado con sus alegrias y entristecido con sus penas. A veces, en esos días tristes que todo ser humano tiene de vez en cuando, esos que nos hacen pensar que todo tiempo pasado parece mejor, en esas horas bajas de nostalgia por una infancia y una adolescencia que se fueron para siempre, pienso (y a veces lo siento como una certeza) que nunca fui tan feliz como en aquella época, cuando vivía bajo el techo de mis padres y mi máxima preocupación y obligación eran ir al colegio.
http://www.erranteandaluz.blogspot.com/

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