SI NO SABES AMAR, TU VIDA PASARÁ COMO UN DESTELLO

sábado, 28 de marzo de 2009

ESCRITOS AÑEJOS: DE RASO Y TERCIOPELO (BODA GITANA 1995)



DE RASO Y TERCIOPELO




Nada más entrar por el camino principal que conduce al centro del asentamiento de San Diego, en Sevilla, pudimos notar que había algo novedoso en el ambiente. Los niños no habían salido a nuestro encuentro como hacían cada viernes gritando: “¡Mira, los payos de juegar!”. Ninguno de ellos nos esperaba impaciente a la sombra de las primeras chabolas, no obstante nos dimos cuenta de que entorno al asentamiento habían más furgonetas de las que era habitual.
El sol del dos de febrero gobernaba el cielo a las cuatro de la tarde con la fuerza de un sol de verano. Según íbamos adentrándonos en el núcleo de chabolas comenzamos a ver gente que se apresuraba a ir al centro, donde había una especie de placita. Nosotros los seguimos y no tardamos en llegar. Allí, frente a la chabola que le habían hecho a los novios, estaban todos los gitanos y gitanas del barrio, y tal y como nos dijeron después, también parientes de Madrid, Barcelona y Valencia.
En medio del barullo de gitanos con camisas de seda y gitanas luciendo trajes de terciopelo y raso, vimos a la Tua. Estaba envuelta en los velos blancos de un vestido tradicional de novia, los dos carbones que tenía incrustados en las cuencas de los ojos brillaban de felicidad, y de su sonrisa emanaba la alegría y la inocencia típicas de una novia de dieciséis años que esta a punto de conseguir su aspiración más alta y casi innata: casarse y formar una familia. Para ello había sido educada por su madre.
Nos acercamos a felicitarla y unos segundos después de que lo hiciéramos aparecieron dos mujeres en la puerta de la chabola que habían construido para los novios y metieron a la Tua dentro, cerrando la puerta tras ellas. Esas mujeres eran la madre del novio y de la novia que iban a comprobar que ésta no estuviese deshonrada antes de casarse.
Al cerrarse la puerta vocecillas expertas en esa parte del ritual murmuraron tras nosotros: “Ahora le toca sufrir un poco”. En unos instantes la gente se dispersó yendo hacia la parte norte del asentamiento, donde había instalada una barra con música y bebidas. El padre de los gemelos, uno de los cuales era el novio, fue el que nos había invitado y ahora salió a nuestro encuentro para darnos la bienvenida. Nos dijo, con gran orgullo, que llevaban ya tres días “calentando la garganta” y que todavía quedaban otros tres “para enfriarla”. Es normal que las bodas gitanas duren tanto tiempo, y todo un orgullo para los padres, pues eso significa que pueden permitirse varios dias pagando bebida y comida para todos los invitados. Llamó a su hijo Chelo que era, de los gemelos, el que no se casaba, y le dijo que nos llevase a tomar cerveza. El Chelo, anfitrión modelo, estaba todo el tiempo pendiente de nosotros y en cuanto acabábamos una cerveza inmediatamente nos daba otra y consideraba una ofensa rechazarla.
Alrededor de la barra bailaban, tanto gitanas viejas como jóvenes, música de moda. Las gitanas viejas, de grandes pechos y anchas caderas, llevaban en sus manos una copa de cristal que constantemente llenaban de vino, así que no era de extrañar encontrarlas tan alegres. Como nos había dicho el padre del novio llevaban así ya tres días, tres días sin salir a vender claveles, verduras o ropa, y sin ir al barrio de Santa Cruz a tangar a los extranjeros cambiándoles una ramita de romero y la buenaventura por cien duros. Algunas de las que tenían los pechos grandes y las caderas anchas no eran en realidad tan viejas, pero estaban estropeadas porque todas se casaban pronto y desde ese momento se dedicaban principalmente a tener hijos.
Las gitanas jóvenes solteras habían lavado sus largas cabelleras negras como el azabache en la única fuente de agua que hay en el asentamiento y se habían puesto sus mejores trajes de terciopelo o raso para lucir su misteriosa belleza y las carnes apretadas de sus corpulentos cuerpos. Los niños de 6 a 8 años (a los que ya conocíamos por que cada viernes íbamos a jugar con ellos) pronto vinieron a nuestro encuentro, no parecían los mismos, pues también ellos, niños y niñas, habían lavado su enmarañado cabello y sus churretosas caras y manos y vestían elegantemente, como si fuesen hombrecitos.
Un murmullo de voces llegó del sur del asentamiento y todo el mundo corrió otra vez hacia la casa de la Tua gritando: “¡ya enseñan el pañuelo!”.
Cuando nosotros llegamos, la madre de la Tua, henchida de orgullo, estaba en la puerta de la chabola enseñando un pañuelo con tres nudos teñidos de rojo. Doscientos gritos de alegría frenética se elevaron en el aire y acto seguido fue la Tua la que apareció en el umbral de la puerta con lágrimas en los ojos, de dolor y felicidad. Y pronto se precipitaron sobre ella y sobre el novio los solteros del asentamiento y los alzaron en hombros llevándolos hacia la parte norte. Tras los novios en alto iba el resto de la gente del barrio y las viejas cantaban el “Kelli” mientras bailaban. Y todo el mundo bailó al son de la canción, y los novios fueron pasando de hombros en hombros a la vez que les tiraban montones de peladillas. ¡Ya estaban casados! Ella había demostrado su virginidad con las tres rosas de su pañuelo, él sin embargo no tenía que demostrar nada “y mejor así – como él nos dijo riendo- pues las payas son fáciles…”
Los gitanos se abalanzaron sobre la camisa de seda blanca del novio y de un tirón la partieron; luego lo hicieron entre ellos, unos a otros y después a los que más se resistían a romperse las camisas: “los payos de juegar” (nosotros). Ahora los torsos oscuros, color aceituna de los gitanos, lucían al sol. Cuando los novios pisaron tierra se dirigieron a la puerta de la chabola de la madre de la Tua, donde ahora había una gran lona en el suelo. La madre de la novia ayudada por otras parientes gitanas sacaron bolsas, cajas y baules de la chabola. Acto seguido comenzaron a echar su contenido al centro de la lona. Era el ajuar. Primero pusieron el colchón y la almohada y a continuación como si de pregonar la mercancía en el mercado dominical de la Alameda de Hércules se tratase, gritando en voz alta: “¡al colchón y la almohada!”, “¡una sábana pá la primera noche; otra sábana, pá la segunda noche; y otra, cuatro sábanas, cinco, seis…!” “¡Mira gitana que manta más güena, pá la primera noche; dos, pá que no cojan frío; tres, pá que estén calientitos…!”
Pronto hubo una montaña compuesta por mantas edredones, sábanas, colchas, manteles, toallas,…que llegaban a la cintura. Una gitana vieja esparció un poco la montaña por la lona y siguieron mostrando todo lo que la madre había ido guardado a su niña desde el día en que nació. Vestidos de raso y terciopelo, prendas interiores, etc. Luego el ajuar del novio: camisas de seda, y más mantas, y más camisas de seda, y más mantas, y más colchas, y más…; y luego los regalos de los parientes y amigos…era el mejor ajuar que habíamos visto en nuestras vidas (y eso murmuraba todo el mundo). Un detalle bonito que nos contaron unos días más tarde era que como el ajuar de la Tua era tan grande repartiría algunas cosas con novias que se habían casado recientemente y tenían menos.
A la vez que las mujeres observaban el ajuar, los hombres se habían ido reuniendo todos en torno al padre del novio que tenía en la mano “La manzana” (un saquito blanco) en el que iba metiendo en dinero que los hombres que tenía a su alrededor le daban y también lo pregonaba: “¡Dos mil duros del Chelín! ¡Cuatro mil duros del padrino!…”Además del esplendido ajuar y la chabola nueva, los novios se encontraron con una dote de trescientas cincuenta mil pesetas y una furgoneta de segunda mano para ir a vender.
La novia se quedó cambiándose de ropa por primera vez y todo el mundo se fue en torno a la barra, donde había ahora tres cerdos colgados y abiertos en canal.
Un gitano joven, llevado por la euforia, descolgó uno de los marranos y poniéndoselo sobre las espaldas como si fuese una piel de oso, (la cabeza del cerdo sobre la suya), ante las risas de todo el mundo bailaba entre la gente. En una fogata freían trozos de carne que nos ofrecían sin descanso. Una gitana vieja me ofreció un trozo y yo lo rechacé por reparo, entonces me agarro las manos con determinación, me puso la carne en una y en la otra un gran trozo de pan “anda payo, menos remilgos, que se ve que eres de buen comer”. Sin descanso nos ofrecían cerveza, y chorizo y jamón; y sus sonrisas nos las dedicaban, y nuestros niños, sus hijos, jugaban con nosotros como todos los viernes, y admirábamos su belleza y su magia. El sol se ocultó con tristeza en el horizonte, no quería dejar la fiesta. La luna llena salió con impaciencia luciendo su mejor traje de raso blanco.
Los gitanos y gitanas nos invitaron a bailar al ritmo, marcado por el aparato de radio, de “Bakalao” y música Disco, (esto nubló un poco nuestros esquemas). Pero pronto pusieron música del Camarón y otros gitanos. Los más vetustos nos contaban el origen de las tradiciones comparándolas constantemente con las tradiciones payas. El patriarca sentado sobre una caja de cervezas vacías, escrutaba con su rostro serio e imperturbable, con la dignidad y el porte de un rey, a todos los que bebían y se divertían.
Las viejas gitanas también acuden a nosotros sin ser llamadas para contarnos bajo el efecto del granate vino, historias de su vida: “ Soy la favorita de los gitanos- nos dijo una- ¡catorce rosas tuve yo!”.
Otra bailaba con un niño mamándole, y en un momento dado, al dar una vuelta, al bebé se le escapó el pezón y ella continuó danzando un rato con el pecho al aire.
La noche fue espesándose, la radio enmudeció, y coros de sabias mujeres fueron tomando fuerza; sus voces, pura magia, poseían el Duende del que habló Federico García Lorca, aquel que fluye desde lo mas profundo del tuetano manando por la garganta y clavándose en las almas de quienes contemplan embrujados ese coro donde todos cantan y en donde una a una van bailando. Los hombres también se animan…y los niños. Mis vellos se erizaban al contacto con sus voces. El baile y el cante flamenco al calor de una guitarra y de las palmas parecía estar dispuesto a durar toda la noche. La Tua se había cambiado de vestido por tercera vez y ahora ella y su marido bailaban en el centro del coro, tímida ella, bien flamenco él. La fiesta no decaía pero muy a nuestro pesar llegó la hora de irnos.
Nos despedimos de los niños hasta el viernes siguiente, agradecimos infinitamente al padre del novio habernos invitado y saludamos a otros tantos que nos incitaban a quedarnos.
Poco a poco la luz de la hoguera y el alegre murmullo de la jarana quedaron tras nosotros; luego sólo fue un resplandor, y cuando salíamos del asentamiento por el camino que lleva a la carretera se apagarón, de repente, las luces y las voces. Tuvimos la sensación de atravesar una puerta invisible que separaba y protegía al mágico mundo gitano del ruido de los coches y del resto de la ciudad paya. Todo quedaba en nuestras mentes como un sueño, una experiencia hermosa que deseábamos no olvidar jamás y volver a repetir. Nuestras palabras mostraban nuestro estupor: lo habíamos pasado bien. Nos parecía mentira que vivieran tan aislados dentro de una ciudad y que estando tan cerca los conociéramos tan poco, al igual que ellos a nosotros.

Carmelo Blázquez Jiménez
Sevilla, febrero,1995.
(Publicado ese mismo año en el periódico local "7 de Marzo"

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