SI NO SABES AMAR, TU VIDA PASARÁ COMO UN DESTELLO

martes, 12 de octubre de 2010

-DIARIO DE VIAJE: SIRIA, JORDANIA E ISRAEL (III) PALMIRA

                                                                    PALMIRA

Tras dos días en Damasco emprendemos viaje hacia la bella, mítica y lejana ciudad de Palmira. De la que fuera capital del imperio dirigido por la hermosa y astuta reina Zenobia ( Septimia Bathzabbai Zainib, 245-274 d. C.) tan solo queda un extenso terreno lleno de restos arqueológicos que parecen el esqueleto de algún animal jurásico, y el eco imborrable de su esplendor incrustado en las piedras que aun se sostienen en pie o que esperan a ser desenterradas. Palmira, a 210 kilómetros al noreste de Damasco era una ciudad oasis situada en un punto estratégico tanto por estar en medio de la ruta de la seda que conectaba Roma con Mesopotamia, como, por otro lado, situada en el limite oriental del imperio romano marcaba el límite entre este y uno de sus grandes rivales, el imperio sasánida (Persa). Así pues la importancia de Palmira siempre fue política y económica y gracias a las caravanas comerciales llego a prosperar tanto que grandes emperadores romanos, como Adriano y Valeriano la visitaron y reforzaron la autonomía de la ciudad y de sus reyes gobernantes (aunque siempre bajo dominio del Imperio Romano)…hasta que apareció Zenobia. De una belleza sin igual, según los cronistas de la época, Zenobia aprovechó la muerte del rey Odenato(algunos incluso piensan que la propició) para nombrarse regente de su hijo Vallabato, aun demasiado niño para reinar. De ella se escribió que era culta, inteligente y una gran estratega. Conocida por su pueblo como Señora de Oriente y en el extranjero como la Reina del desierto Sirio, siempre se sintió atraída por la figura de Cleopatra de la cual se decía descendiente y según algunos historiadores aunque esto nunca se probó aseguraban que tenia misma inteligencia y mayor belleza. Zenobia fortifico la ciudad de Palmira y embelleció aun mas la ciudad creando la famosa avenida de columnas corintias de 15 metros de altura en las que colocaba esculturas de dioses y benefactores que ayudaron a embellecer mas aquella ciudad. La ciudad de Palmira llegó a albergar una población de mas de 150.000 habitantes en una extensión aproximada de 35 kilómetros cuadrados con grandes avenidas (cardos), el ágora, templos dedicados a diferentes dioses romanos y locales, monumentos, estatuas, edificios públicos y jardines…cuando uno atraviesa el desierto Sirio no cuesta demasiado imaginar como de maravillados quedaban aquellos comerciantes que tras semanas de viaje divisaban Palmira en el horizonte…Pero la decadencia de la ciudad, como su momento de mayor gloria, llegarían con Zenobia, en principio aprovechó la situación de debilidad del imperio Romano y del Sasánida para ampliar sus territorios y crear su propio imperio en Asia Menor que llego a extenderse hasta Egipto, luego declaro su independencia de Roma. Cuando el imperio romano se hubo recuperado de los ataques de los godos y de sus problemas internos de sucesión el emperador Aureliano ofreció un acuerdo muy beneficioso tanto para la ciudad como para Zenobia si desistía de sus intenciones expansionistas y volvía a reconocer la autoridad romana…la orgullosa negativa de Zenobia a cooperar supondría el comienzo del final no solo del imperio de Palmira si no también de la propia ciudad que sería quemada y saqueada años después, y cada vez perdió mas importancia hasta ser relegada al olvido. Zenobia fue apresada y llevada a Roma donde se cuenta que fue exhibida como trofeo en un desfile triunfal cargada de joyas y cadenas de oro…su final es incierto, unos cuentan que el emperador la perdono y le regaló una Villa cerca de la del emperador Adriano, otros cuentan que se caso con un senador romano e incluso tubo descendencia…sea como fuere, la realidad es que la que antaño llego a erigirse como la poderosa Reina Zenobia moriría en el anonimato sin volver a ver jamás su hermosa Palmira…nosotros, durante dos días recorremos las ruinas casi solitarias de esta ciudad y a la puesta de sol o al amanecer escuchamos los silenciosos ecos que nos trae el viento del desierto y que arranca de las piedras milenarias susurros que nos cuentan que el amargo don de la belleza, es que no es eterna. 

























































































































































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